Una triste evocación de una infancia alegre
Aquel hombre viajaba todos los años; unas veces a la vendimia francesa y otras a la recogida de almendras en Mallorca o de melones en Cádiz. Cuando terminaba, regresaba emocionado a su hogar, una pequeña casa situada en medio de un vergel de naranjos, limoneros, flores, frutas y verduras. Allí le esperaba su hembra, sus cuatro hijos y su madre. Si su llegada era entre el alborear o el atardecer del día, encontraba a su mujer atareada con las cosas de la casa, del huerto o de la cuadra: dando de comer a las gallinas, cogiendo yerba para los conejos... Ella no podía darles una atención amorosa a sus hijos y de ello se encargaba la abuela que no estaba ya para otros menesteres. En muchas ocasiones la cría más pequeña buscaba a su madre para que la acostara y ella con lágrimas en los ojos y la garganta anudada contestaba: “Cariño, ve a que te acueste la abuela que está oscureciendo y tengo que terminar de hacerles el salvao a los cochinos”.
Era