Envarcarme en la barquilla abandonada que navega por un mar infinito de deseos, por el campo estéril de las preocupaciones y de la ignorancia, entre los falsos reflejos del saber. Navecilla que es presa de la gran locura del mar, si no se sabe echar el ancla sólida, la fe, o desplegar sus velas espirituales para que el soplo de Dios la conduzca al puerto.
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