Era imposible que
no nos reconociéramos
en el anonimato de las respiraciones.
La ciudad sospechaba la hermosura
y no dejaba de mirar, distraída,
en las vidrieras que relejaban su imagen
y en la escasez de luz de sus faroles.
En algún parque extraño
o en un supermercado en hora pico
se alinearon el azar y el tiempo
con la complicidad de los planetas
y su influencia demencial lejana.
Amigos invisibles sin sabernos,
caminábamos horas y tiempos
con el pulso mediocre
y la voz casi muda.
Y en el aire los ecos esperaban
que se alzaran los gritos del encuentro
y la envidia futura de las piedras
cuando no puedan revelar su enigma
de huellas derramadas.
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